27.7.07

Hay un gato mirando, desde un rincón. Parece ver lo que otros no ven, en la oscuridad de los actos, entre líneas de lo que parece tan… transparente.

Un hombre desea a una mujer. Eso podemos verlo fácilmente.
Su cuerpo se encabrita, su sangre fluye más espesa, transpira por dentro y por fuera, su cuerpo se infla, su pene se enhiesta.

El gato acaricia su pantorrilla cuando él acaba de sacarse el pantalón. Él no le presta atención, el olor a concha trastornó sus pensamientos, el gusto a mar tras la lengua, los ojos desorbitados navegando el contacto, los dedos suaves, los músculos tiesos, ambas lenguas frotando las olas que atraerán más aún la tormenta…

Hay una magia tras el tiempo, cuando el tiempo se detiene.

El reloj seguía corriendo y recorriendo el placer de los dos, el apuro de un tercero. El tercero: un Pagliacho que extraña a su Colombina de plástico y sudor en la frente, un marido ideal, un hombre comprometido en el serio sentido de ser hombre: con sudor en la frente y sacrificio.

Puso su mano en la mejilla, la miró a los ojos, vio como de las pestañas salían chispas, vio en los ojos el cuerpo desnudo, la poesía de un encuentro real, un picazón ancestral…
Ella tomó en sus manos la poesía de la carne, la frotó, la sintió, la palpó, la acarició, la recorrió, la endureció, la tocó con la punta de la lengua, le sonrió, la volvió a sentir, la frotó, la besó, la tragó, la escupió, la lubricó, la acarició, la lamió, la chupó, la chupó de nuevo y la volvió a chupar.

Dicen que los gatos pueden ver la muerte.

Con otras mujeres él se hubiese sentido temeroso, receloso de que su futuro sea acaparado por una mujer. Temía que los compromisos sociales y el bendito mandato de la naturaleza lo dejaran sin su pasión, sin su pene en su mayor esplendor…
Con ella no tenía por qué temer, ella estaba comprometida con un tal Pagliacho.

En cuatro patas, como una hermosa gata, ella ofrecía su culo para sentir un rabo tan vivaz, esa alegría de vibrar que brinda la naturaleza.

El reloj los seguía mirando con sus manos inquisidoras, tú y tú, señalaba, a mayor o menor velocidad, cada quién un número, tarde o temprano uno más, un número más bajo el suelo del minuto que pasó…

En el trayecto a casa Pagliacho se cruzó con el padre Ignacio. El padre Ignacio lo detuvo:
-hijo mío, -le dijo- veo en tus ojos un mal de ojo. Alguien te envidia mucho. Alguien que quiere lo que tu tienes. ¡Debes rezar, hijo mío! Debes aferrarte al amor a los tuyos, tus cosas, el amor a tu familia, que es tuya y de nadie más. Tú eres de ellos. (Pensar que hay gente que no tiene familia…) Debes dar tu vida si es necesario por mantener unida a la familia. Con lo que cuesta tener lo que tienes…
-pero padre…
-no, no digas nada. Veo al invasor en tu corazón… ¡tu no tienes la culpa de nada!


Y mientras la pareja se frotaba las pieles, se rascaban la existencia, se acurrucaban en cada uno de sus mutuos agujeros, se humedecían de mar y vida… el gato los miraba, como si estuviese mirando en el mismo destino.

Pagliacho cargó su revolver de policía.
Disparó justo cuando ambos habían llegado juntos al orgasmo.


El orgasmo es la pequeña muerte.

La conciencia es la muerte mayor.

yo:

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soy así, me aceptas bien, si no... que te vaya bien!